La verdad late sojuzgada y silenciosa. Oculta en los rincones más oscuros de la mente, olvidada en antiguos archivos judiciales, encubierta en los confusos dictámenes oraculares o simplemente, presa de la represión o el desconocimiento, como si se tratara de uno de esos animales que invernan largo tiempo sin manifestarse, pero que aún en ese estado siguen vivos.
La verdad. Eso tan deseado y tan temido al mismo tiempo. A veces por maldad, otras por dolor, o simplemente porque el tiempo extendió un velo de fatal encubrimiento, yace oprimida y, cuanto más oculta, más fuerte. Porque no sabe morir. Porque puede ser silenciada, oculta u olvidada, pero aun así clama a su manera por hacerse notar, por gritar su presencia. Omnipresente en su aparente ausencia. Marcando y condicionando el modo de gozar y padecer, de relacionarnos con los otros y con nosotros mismos.
Nadie puede ser completamente feliz sino al costo de una cierta ignorancia, pero ésta ignorancia no está al alcance de cualquiera. Por el contrario, hay personas a las que la verdad les reclama desde su propia sangre el derecho a salir de las sombras, y no pueden desoírla aunque quieran, aunque duela (...)
viernes, 12 de julio de 2013
sábado, 16 de marzo de 2013
domingo, 3 de marzo de 2013
domingo, 24 de febrero de 2013
jueves, 31 de enero de 2013
martes, 29 de enero de 2013
viernes, 4 de enero de 2013
miércoles, 2 de enero de 2013
El ejercicio de la razón y el pensamiento que trae la madurez no alcanza para suprimir ese compartimiento interior en el que habitan los fantasmas que recorren nuestra historia. Solo hay, es cierto, diferencias en el modo de enfrentarlos.
Los chicos hacen frente a sus temores por medio de un mecanismo de defensa llamado proyección, algo que les permite expulsar la amenaza y depositarla en el mundo externo.Por eso sus monstruos están afuera. Se esconden dentro de los placares, abajo de la cama, o los espían por el espacio que asoma por alguna puerta entreabierta. La oscuridad se transforma en un universo habitado por miles de ojos y de garras, pero basta con taparse la cabeza con la sábana o atravesar a la carrera, con el corazón latiendo hasta en las sienes, el enorme recorrido que lleva hasta el cuarto de los padres, para que el peligro quede atrás.
Al adulto, en cambio, no le resulta tan sencillo escapar de los tormentos creados por sus pensamientos. Porque quedan en su mente y ya no hay personas que acudan ante un grito ni luces que exorcicen los demonios. Por eso hay noches difíciles en las que la barrera entre la cordura y la locura no parece ser tan firme (...)
Los Padecientes, página 107 .
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